jueves, 12 de febrero de 2009

LA NUEVA JUVENTUD RURAL CHILENA


Acabo de llegar de Chillepín, un entrañable pueblo localizado en la comuna de Salamanca, Valle del Choapa, Región de Coquimbo, norte chico Chileno. Han sido unos días muy agradables de vida de campo, siesta, pan amasado, baños en el río, cosechar tomates y sandías, y hasta un concurso de baile latinoamericano con dos monjas en el jurado.

Hace cuatro años, cuando fui por primera vez a Chillepín en Septiembre del 2004 a celebrar las Fiestas Patrias conocí a Oscarín. En aquel entonces, el tenía nueve años, bailaba cueca bien zapateada, orgulloso con su vestido de huaso, soñaba con correr en el rodeo de la media luna como su abuelo, Don Nibaldo. En cambio, hoy, ena febrero 2009, Oscarín con trece años, ya no sueña con ser huaso, ni tampoco baila cueca. Prefiere el reggeaton. Admira los graffitti que pintan los hip-hoperos. Tiene su perfil en Facebook. Ve Boombox en la televisión por cable. Y se baja sus juegos a su teléfono movil desde I-shop. Su bisabuela quita empachos, cree en el tue-tué y en la gente que ojea guaguas y quien las santigua.



Este contraste me hizo reflexionar sobre los mitos y estereotipos que rodean la ruralidad desde nuestra vivencia urbana. A menudo pensamos inocentemente que los jóvenes del campo son más ingenuos, más castos, que no están contaminados por los vicios de la gran ciudad. Sin embargo, con este viaje, me he dado cuenta de que los medios de comunicación son tan poderosos que transmiten patrones culturales creados y pensados en la ciudad hasta lugares tan aislados y extremos como Chillepín. Sin duda, con el crecimiento progresivo de la Mina Los Pelambres, ha ido llegando lo que se conoce como "progreso" a las localidades rurales del Valle del Choapa. Se pavimentó el camino que hoy es una carretera por la que circulan cientos de camiones diariamente, llegó la electricidad, la telefonía fija, y recientemente la móvil, y tambien internet y la televisión por cable en los últimos años.

Todavía no sé si es bueno o malo. Probablemente da igual, porque es irreversible. Lo que nos lleva a preguntarnos por el futuro de Chillepín. ¿Se verá disuelta su identidad campesina bajo el influjo de la minera? ¿Se convertirá en una nueva Calama, llena de prostíbulos y perros callejeros? ¿Deberemos comer cobre en lugar de sandías, tomates, uvas y calabazas? Muchos jóvenes nacidos y criados en Chillepin, hoy estudian en las mejores universidades del país y trabajan como profesionales a lo largo y ancho de Chile. No tienen incentivos para volver al campo donde crecieron. Ya no se cría ganado. La agricultura como economía basada en el uso intensivo de la tierra y las formas de vida tradicionales asociadas a ella están en un irrefrenable proceso de extinción. Quizá en el futuro se convierta en un atractivo turístico. Entonces la gente pagará -como ya se hace en el agroturismo en otros destinos- por experimentar la ancestral sensación de conectarse con la naturaleza, de recolectar los frutos de la tierra, de re-descubrir que es posible vivir de modo más sencillo.
Publicar un comentario