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domingo, 13 de enero de 2019

Conflicto interior

Dado mi trabajo como facilitador, a veces me toca acompañar procesos de diálogo en diversos territorios y contextos marcados por los conflictos socioambientales. Con cierta frecuencia me encuentro con dinámicas que operan en forma inconsciente en los grupos y colectivos humanos.

La tendencia cultural a evitar conversaciones difíciles no contribuye precisamente a evitar los conflictos, sino que posterga su expresión explícita y  perpetúa estados de ánimo marcados por la resignación, el resentimiento, la rabia acumulada y la desconfianza recíproca, deteriorando el tejido social y alimentando narrativas culpógenas, donde "el otro" siempre es acusado de tener la culpa de "mis problemas". Este patrón de atrincheramiento entre los unos y los otros, los buenos y los malos,  los míos y los vuestros, tiende a instalarse y reproducirse a sí mismo en el campo colectivo.

Por ello, uno de los primeros trabajos que hacemos los facilitadores es buscar el terreno común. ¿Qué es lo que nos une? ¿Qué tienen en común las partes en conflicto? ¿Qué es lo que desean cuidar?¿Qué les importa realmente? ¿Qué necesidad subyacente genera la tensión?

Cuando colectivamente descubrimos aquello importante que queremos conservar, aquello que tememos perder, tomamos conciencia de nuestra  corresponsabilidad, tanto en las causas de los problemas como en las posibles soluciones.

Para lograr llegar a ese punto de co-responsabilidad, es necesario lograr un entendimiento compartido de la dinámica sistémica de los actores y factores que provocan y perpetúan el conflicto. Cuando nos sumergimos en el proceso, tarde o temprano llega un momento en que nuestro sentido de pertenencia se desplaza hacia la pertenencia a un sistema mayor. Cuando las partes descubrimos que pertenecemos a un mismo sistema que nos importa, del cual nos sentimos responsables, nos conectamos con un propósito compartido.

En ocasiones  los conflictos, especialmente los socioambientales, se entrampan en lógicas transaccionales que pueden reproducir patrones asimétricos asistencialistas que terminan deteriorando el tejido social.  Para superar  la lógica transaccional, se requiere evolucionar hacia una lógica trascendental, donde los actores salen de la trampa transaccional  y se comprometen con la construcción de una visión compartida del futuro deseado. Ser parte de dicha cocreación de futuro compartido, le dota de sentido al proceso colaborativo, que puede llegar a resultar transformador para las partes.

Muchas veces las conversaciones para resolver conflictos se centran en términos técnicos o jurídicos. Sin embargo, este esfuerzo cognitivo lleva con frecuencia al agotamiento de las partes. ¿Qué posibilidades de abrirían si aceptásemos la sabiduría de la intuición? ¿En qué parte del cuerpo sentimos nuestros conflictos?

En ocasiones he visto como los conflictos generan una carga emocional en los involucrados que les lleva a sufrir una tensión adicional en sus cuerpos. Esta tensión obstaculiza la apertura al aprendizaje necesario para desbloquear los procesos colectivos. Estas tensiones se acumulan dentro y entre cada involucrado, afectando a sus actitudes y comportamientos y por consiguiente, a las posibilidades de transformación del conflicto hacia estados de menor tensión.

Cuando una situación de conflicto cae en un patrón de anquilosamiento y bloqueo, las partes socias en conflicto tienden a naturalizar su situación, a elaborar narrativas que atribuyen la responsabilidad a terceros, eludiendo su propia responsabilidad con discursos auto-desempoderantes que proyectan la agencia (la capacidad de acción) en un otro.

miércoles, 25 de enero de 2017

Una Paloma en el Pentágono.

(basado en un recorte de prensa que leí hace años)

Una paloma.
Una inocente paloma sembró el pánico ayer en el Pentágono.
Algún funcionario despistado había dejado la ventana abierta,
y una sencilla paloma blanca se coló en los pasillos
de la sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, en Washington.

Inmediatamente, saltaron todas las alarmas.
En siete minutos, habían evacuado  del edificio.
Y rápidamente acudieron las Fuerzas Especiales,
equipadas con su armamento de alta tecnología,
con visores infrarrojos y municiones guiadas con láser.

Tal vez podría ser una bomba trampa enviada por un lobo solitario,
o un nuevo dron espía camuflado teledirigido por los rusos,
o quizá entre sus plumas blancas llevaba polvo de Anthrax de Al Qaeda,
o peor, en sus alas escondía una microcámara secreta de Corea del Norte.
El Eje del Mal revoloteando en el corazón del imperio.

Mientras los comandos trataban de atraparla
entre los intrincados pasillos del edificio,
el teléfono de emergencia no paraba de sonar
en el Despacho Oval de la Casa Blanca.
El nuevo POTUS, bañado en un sudor frío, acariciaba el botón rojo, 
sin marcar aún el objetivo, esperando las coordenadas de la CIA.

Finalmente, la paloma -algo asustada por el revuelo armado-
salió por donde había entrado, la misma ventana abierta,
y huyó volando sobre el Río Potomac,
dejando a su paso el rastro de una certeza:
la sensación de que la Paz,
otra vez se les había escapado de las manos.



lunes, 3 de octubre de 2016

Aguacero


Aguacero en el alma, 
aguacero en las urnas,
aguacero en las calles de Bogotá,
llueve en el Cauca, la Guajira, el Chocó,
el Meta, Medellín, Cali,
en el Putumayo y Boyacá.

En una balanza, juzga un pueblo
el hambre de Paz contra la sed de Justicia.
De testigo, una mayoría sorda, ciega
silenciosa e indiferente, dormida de consumo,
abúlica en la abstención sin abstinencia.
Las víctimas, que ya pagaron su precio,
aún esperan a quienes no lo pagaron.
Si la paz tiene un precio,
para muchos es muy alto.

Sí.. No... No sé... 
Atrás quedaron las camisas blancas,
los aplausos, los abrazos,
los perdones y la palomas.
Fotos que hicieron historia
demasiado pronto,
sin tiempo para la memoria ni el olvido.

Atrapada en la indolencia
media patria duele de dolor,
dolor de patria entera,
aprieta los dientes de rabia,
de rabia ahogada en la impotencia.

Unos no tenían plan B,
Otros no tenían propuestas.
Uribes y Santos, Justos y Pecadores,
ya no quedan piedras por tirar.
Una vez más, la paz politizada, 
y los territorios fragmentados.
Y ahora un pueblo en tinieblas
sin respuestas.

Cientos de palomas vuelan,
cruzan el cielo, se escapan...
y de sus plumas caen
la esperanza, la verdad
 y la fe en la democracia.

Las heridas aún están abiertas,
Las armas aún humeantes,
La sangre aun caliente.

Atrás quedaron los fusiles, las montañas,
la selva, las guerrillas, los secuestros...

Por delante, no queda más que caminar paso a paso,
construir puentes avanzando sobre abismos,
tener el coraje de colaborar con los enemigos,
sentarse junto al contrincante,
conversar, dialogar, negociar.. 
cultivar el arte de la palabra,
hasta que las velas no ardan,
hasta que encontremos un futuro donde
encarnemos un nosotros con los otros.

martes, 17 de noviembre de 2015

Triángulo equilátero

Víctimas, Victimarios y Salvadores
triángulo equilátero sin fin
que habita en cada uno.
Facilitadores y terroristas
tenemos en común mucho 
más de lo que imaginamos.
Somos hijos del amor,
del dolor y la rabia,
somos víctima y juez,
testigo y cómplice,
del abuso de poder
y la injusticia edulcorada.
Testigos globales del horror,
guardamos silencio ante la guerra.
La violencia no soy yo,
pero es también parte de mi.
El conflicto no busca la paz,
sólo la transformación.
Nuestro don nace
en nuestras cicatrices.
Como en el alba y el ocaso,
cuando luz y sombra se encuentran
...aparecen los colores,
alquimia de amor y poder,
puentes entre cielo e infierno,
matrimonio de ángeles y demonios.
¿Cómo transformar el miedo
y la impotencia en coraje cívico?
¿Cómo acoger la bendita rabia?
Sólo ser humanos
con otros humanos
nos hace humanos.


(inspirado en ideas de Arnold Mindell, Carl Jung, Goethe, 
y conversaciones con Ana, Martin, Miguel, Jennifer, Roque)