domingo, 8 de noviembre de 2020

Gazte Makaldia



El Club de Tiempo Libre Gazte Makaldia fue fundado por cuatro jóvenes: Guillermo Bernal, Iñigo Allica, Aurelio de la Torre y Araceli Uríbarri. Tres de ellos eran ex alumnos del Colegio Urdaneta, aficionados al baloncesto y la vida al aire libre. Ellos fueron los primeros monitores. Después se sumarían en sucesivas oleadas, Alberto Barcenilla , Ainhoa Oleagotia, Ainhoa Rementería , Asier Oleagoitia, Irantzu, Víctor del Amo, Rubén, Adrián, Pedro Ruiz, Mónica Martín, Cristina Gamboa, Nerea Matute, Jon Zubeldia, Silvia, Gorka, Ignacio, Natalia, Jordi, Ramón y Luis.

Recuerdo que las primeras excursiones fueron en otoño de 1988 a Orduña y a Urkiola. El primer taller, un sábado por la tarde, fue de botellas de sal pintada con tiza. Mi madre todavía guarda una de aquellas botellas. Durante el invierno hacíamos excursiones de día a Zalla, a Bermeo, al Txinbito,  y también salidas de fin de semana o de 3 a 4 días a los albergues de la diputación: Euba, Atxondo, Zarauz, Izurtza, entre otros.

Los campamentos de verano eran en la chopera del padre de Aurelio, en la localidad burgalesa de El Berrón, en la entrada del Valle de Mena, en las cercanías de Balmaseda, el Pantano de Ordunte, el monte Kolitza, junto a la frontera entre Burgos y Vizcaya, Euskadi y Castilla.

Participé como chaval unos cinco años, y después unos 4 años como monitor. Tuvimos dos campamentos "normales" en 1989 y 1990, un campamento volante en torno a Ordunte y Kolitza en 1991, y un campo de experiencias en 1992. A partir de 1993 ya entré como premonitor en lo que fue la Campaventura, que fue un campamento temático, ambientado en un mundo fantástico, dirigido por el gran Alberto Barcenillas. Después vinieron varios campamentos temáticos más, hasta 1996. Creo recordar que en 1997 fue el último, pero yo ya no asistí más que un día de visita.

Inspirado por aquellas experiencias, me formé como Monitor de Educación en el Tiempo Libre en la Escuela Iturralde de Itaka-Escolapios de Bilbao. El curso duraba todos los sábados por la mañana durante un año, además de varios monográficos de un día entero. Dos obligatorios, como el Perfil del Monitor y Dinámica de Grupos, y dos optativos. Yo elegí el de Educación para el Desarrollo y el de Educación para la Paz. Aún recuerdo varias de aquellas dinámicas, como la de los Papalagi, que fraguaron en mí un incipiente interés por la interculturalidad y una mirada crítica a los modelos de desarrollo y las desigualdades Norte - Sur.

Gazte Makaldia, "chopera joven" en euskera, fue muchas cosas para mí, probablemente para muchos. Fue una fuente interminable de buenos recuerdos, de nuevas experiencias, de sensaciones, de desafíos. Fue compañerismo, trabajo en equipo, sensación de comunidad. Fue descubrirnos y abrirnos a explorar el mundo. Fue aprender a amar y cuidar la naturaleza. Fue un baño de pluralismo, donde pude conocer a personas de distintos orígenes sociales y creencias políticas muy diferentes a la mía.  Fue un espacio de libertad y creatividad colectiva. Fue una escuela de aprendizaje vivencial, donde aprendí cosas tan importantes como armar una tienda de campaña, hacer mi mochila, cocinar. lavar platos, fregar, barrer, limpiar baños, clavar clavos con un martillo, armar un mecanotubo, construir un comedor, pintar un puente, guiar grupos. aplicar primeros auxilios. contar cuentos, organizar una misa,  tocar la guitarra, improvisar, planificar, facilitar dinámicas y evaluar, hacer un vivac, hacer mimo, hacer masajes, probar el txakolí...

Sin duda, gran parte de lo que soy hoy, especialmente en relación con el amor a la naturaleza, el compromiso con la sostenibilidad, la pasión por la educación experiencial y la facilitación tiene sus raíces en aquellas vivencias entre los once y los veinte años.

Compostar como práctica espiritual


 Ayer, durante el Curso Maestro de Ecoaldeas y Comunidades Resilientes, en el que participo como docente en los módulos de Liderazgo Participativo y Economía Regenerativa, el experto alemán Holger Hieronimi desde la Granja Tierramor en Eranguarícaro, Michoacán, México, nos dijo:

Como alemán bastante racional, también me doy cuenta de esta necesidad que tengo como ser humano de desarrollar mi propia espiritualidad. Para mí empezó al tocar la tierra. Tocar la tierra es un buen inicio.  Simplemente tocar el suelo. Ver el suelo, cómo se transforma. Darse cuenta de que en esta interfaz entre el Cielo y la Tierra hay más microorganismos que humanos sobre el planeta. En una manita de esto hay más vida que seres humanos en la Tierra.

Este trabajo de cómo podemos convertir un suelo estéril en un suelo fértil. Y por qué no hablar de la composta que tenemos que hacer. Yo creo que hacer la composta es uno de los trabajos más espirituales que podemos hacer. Es literalmente transformar la basura de esta sociedad de crecimiento industrial a través de un proceso de aireación. Es también cómo transformar toda esta mucre, la basura con los desechos que ha dejado en mi propia alma, en un abono que pueda nutrir las plantas, y que puede retroalimentar este proceso. 

Caminos espirituales hay muchos. Observar cómo son estos ciclos de crecimiento, clímax y transición, ruptura y decrecimiento. Me invita a observarme en qué momento estoy yo. En qué momento está la naturaleza. Ahí es importante saber donde está, para realizar una acción aterrizada. Se trata por tanto de una espiritualidad aterrizada, una espiritualidad de la tierra. No una espiritualidad desconectadas, que de estas hay muchas y ese es un peligro constante.

Durante siglos los alquimistas buscaron la piedra filosofal para transformar el plomo en oro. La antigua alquimia en su dimensión material sentó las bases para la actual ciencia de la química. En su dimensión espiritual inspiró futuros desarrollos de la psicología como el concepto de individuación propuesto por Carl Gustav Jung. 

Inspirado por estas reflexiones de Holger, tomando la alquimia como metáfora, podríamos decir que en la actualidad, en esta era geológica del Antropoceno en la que nos encontramos, el plomo podría representar a los residuos orgánicos. El oro, podría representar el abono para nutrir un suelo fértil. Y por tanto, el compost podría ser la verdadera piedra filosofal olvidada en nuestro jardín. Y el compostaje, la más actual y ecológica expresión de la alquimia y de evolución espiritual: aquella que permite transformar los patrones lineales de una economía degenerativa en ciclos circulares en una economía regenerativa.

"El alquimista hablando con la Naturaleza" 

(Jean Perreal) 

De don Alejandro a don Fernando

Estábamos en quinto de E.G.B. en el Colegio Urdaneta. Nuestro enjuto y demacrado profesor tutor, don Alejandro, era de la vieja escuela. La bata blanca quedaba grande y remangada sobre su pequeño cuerpo de baja estatura. La espalda, algo encorvada por la edad. El rostro, arrugado y de una tez casi amarillenta con pronunciadas  manchas oscuras en la piel. Las gafas, de marco marrón y lentes gruesas "culo de botella". Su escaso cabello gris peinado hacia atrás rodeando su amplia calva. La larga y temible regla de madera siempre lista para ejercer algún que otro castigo físico sobre nuestros temerosos cuerpos infantiles. En matemáticas, nos hacía interminables concursos de cálculo mental. Comenzábamos todos de pie y si nos equivocábamos en el cálculo, debíamos sentarnos uno a uno, hasta que quedara el último que ganaba la competencia. Le teníamos un apodo, que no mencionaré aquí, por respeto a su memoria.

Aquel último trimestre, don Alejandro, había enfermado de un cáncer de páncreas y tuvo que dejar de darnos clase. Entonces llegó como reemplazante don Fernando. Un profesor joven, entusiasta, participativo. En matemáticas, don Fernando nos enseñó las sumas de fracciones, y el cálculo de mínimo común múltiplo y máximo común divisor. En ciencias naturales, nos invitó a realizar un herbario para aprender a clasificar las hojas. Para el desfile de las fiestas del colegio, decidimos disfrazarnos de ninjas, pero el nos sugirió que fuéramos ninjas pacifistas. Así que inventó una canción en verso que se convirtió en nuestro himno. El himno de los ninjas buenos.  Aún recuerdo algunas de aquellas estrofas, con un pegadizo soniquete.

Somos los ninjas buenos

y no nos gusta matar

ni con flechas con veneno

ni con dardos ni puñal

En las guerras y luchas 

al final perdemos todos

muertes y pérdidas muchas

ganancias de ningún modo.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Don Alberto y el garabato


Corría el año 1987. Yo estaba en cuarto de E.G.B. Tendría unos nueve años. Lo recuerdo como si fuera ayer. Una tarde, después del recreo, Don Alberto subió a la tarima. Tomó una tiza con su mano derecha, se acercó a la pizarra de color verde oscuro, trazó un 6 en la pizarra, se giró hacia nosotros, y nos preguntó:

- ¿Qué es esto?

En seguida, varios de mis compañeros, levantaron la mano, con la convicción de tener en su mente la respuesta correcta.

- Un seis!

- No.

- Un número!

- No.

- Un digito!

- No.

- Una cifra!

-No.

- Un guarismo!

-No

Despertó tal curiosidad en nosotros, que todos y cada uno de los cuarenta niños presentes en la sala levantamos la mano tratando de encontrar la respuesta ante un enigma que parecía tan sencillo como imposible.

Después de múltiples intentos, y viendo que nuestro entusiasmo estaba decayendo, comenzó a trazar otros números, y después otros trazos sin significado. Y volvió a preguntarnos. 

-¿Qué es esto?

Tras varios intentos, alguien dijo.

-¿garabatos?

- Sí! - dijo señalando sus trazados en la pizarra - Es un garabato! Esto y esto, y esto también. Son todos garabatos. No es que sea un número que por sí mismo signifique seis, o siete, o nueve. Sino que los humanos nos hemos puesto de acuerdo, hemos llegado a la convención de que ese garabato significa seis. Lo mismo sucede con los otros números, con las palabras o con otros signos y símbolos. Son convenciones. Los humanos se han puesto de acuerdo para que tengan un significado determinado.

Aquello me voló la cabeza. Hoy lo miro en perspectiva y sin duda fue un concepto umbral. Gracias a esa distinción fundamental, muchos años después, pasada la universidad pude entender otras palabras  como "paradigma", "epistemología", "construcción social", que hoy uso con frecuencia en mi trabajo.

Don Alberto era un profesor de mediana edad, posiblemente en torno a los cincuenta años. De piel morena, ojos algo saltones, robusto, con  visible sobrepeso, las manos grandes. Le gustaba fumar puros. Era habitual en aquel tiempo verlo fumar caminando con sus colegas en el patio, mientras hacían sus turnos de vigilancia, antes de que el Padre Ángel Castro tocara el silbato para señalar el fin del recreo. Solía vestir con pantalón de pana, con chalecos de rombos, camisas oscuras, generalmente con los primeros dos botones de la camisa desabrochados.

Se diferenciaba del resto porque hacía las clases enteramente participativas. Abría espacios de diálogo genuino. nos alentaba a levantar la mano, a debatir, a expresar nuestra opinión, a discrepar y a desarrollar nuestro pensamiento crítico. Al final de aquel año, en el desfile de disfraces del mes de mayo, nuestra clase decidió disfrazarse de chinos. Preparamos un dragón chino y ganamos el concurso de aquel año. El premio fue un día de excursión a visitar el Museo Etnográfico de Artziniega.

Lo recuerdo como un profesor con una paciencia enorme, aunque también en algunas pocas ocasiones llegamos a conocer los límites de su paciencia. De él recuerdo haber escuchado por primera vez la frase "La paciencia tiene un límite".  Fue después de pegar un manotazo a un compañero. Recuerdo que le dijo "Me ha dolido a mí más que a ti". Fue la primera vez que vi a un hombre adulto, grande como el solo, reconocer su error y disculparse ante un niño.

Posiblemente, no era un profesor perfecto, como no hay humanos perfectos. Pero era un profesor muy humano. Lo recuerdo con gran cariño y gratitud. Y sin duda, para mi, fue alguien que me mostró que es posible enseñar de manera entretenida, participativa e inspiradora, un sello que busco imprimir en cada una de las sesiones de aprendizaje que facilito en mis clases y talleres.

Allá donde estés, muchas gracias, Don Alberto.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Christine Hogan, mi mentora.

Aún recuerdo el día en que la conocí. Llegó a mi puerta una noche de invierno de 2007. Ella había venido a Sudamérica para participar en un congreso en Perú y dado que su vuelo de regreso a Australia pasaba por Santiago, tenía un par de días para visitar Santiago. Envió un mensaje a la lista de correos del Foro Intercultural Latino y me ofrecí a recibirla y hacerle una visita guiada a las montañas.

Aquella noche fría y oscura en un Santiago cubierto por la llovizna, cuando abrí la puerta me encontré con una mujer mayor, flaquita, más baja que yo, con grandes lentes, con un gorro de colores vivos, un chubasquero brillante, una mochila a sus hombros y una gran y memorable sonrisa.

Yohana había preparado mariscal aquella noche, una suerte de sopa de pescado y marisco cocinada en una olla de greda.

Al día siguiente nos levantamos temprano y subimos a Farellones para que pudiera conocer la Cordillera. Le mostré el Santuario de Yerba Loca, paramos en los miradores con las mejores vistas y visitamos el Colegio Farellones, donde conversó con los estudiantes y, sobre un globo terráqueo, les mostró dónde está Australia.


Aquel día de viajes conversamos durante horas. Ella me contaba sus experiencias en sus viajes y proyectos en el sudeste asiático.  Yo le contaba de mis desafíos en la cordillera. De ella escuché primero sobre el Open Space Technology. Aunque todavía no alcanzaba a comprender de qué se trataba.

En su noche de despedida, salimos a tomar un vinito al "Bajo Llave", un bistro subterráneo en el Barrio Lastarria, con Christine,  con Yohana y con Claudia Raffo

Aquella noche me regaló dos de los libros escritos por ella: Practical Facilitation. Toolkit of techniques y Understanding Facilitation.Theory and Principles.

El resto me los envió fue enviando en paquetes por correo desde Australia: Facilitating Empowerment. Facilitating Multicultural Groups y Facilitating Cultural Transitions. Aquel verano me los devoré todos, uno a uno. Aquellos textos fueron clave para motivarme a iniciarme como facilitador independiente.

Estaré eternamente agradecido de Christine, a quien considero mi mentora y maestra, porque me mostró el camino de la facilitación. Movida por su gran generosidad y entusiasmo, me regaló todos los libros que ella había escrito para que pudiera leerlos con calma. Me mostró que es posible dedicar la vida a facilitar, y que se puede vivir de ello.  Y me mostró que existe un universo de posibilidades más allá del lucrativo mercado corporativo, en el que es posible poner la facilitación al servicio de procesos sociales, públicos, comunitarios. 

En sus libros encontré la suficiente seguridad para lanzarme a emprender como facilitador de desarrollo humano, organizacional, comunitario, local, territorial y sostenible. 






domingo, 1 de noviembre de 2020

Aproximarme a la Casa Común: la Naturaleza como Prójimo


El pasado sábado participé como invitado en un conversatorio en línea sobre el Cuidado de la Casa Común en el marco de un encuentro virtual de jóvenes latinoamericanos convocado por la comunidad ecuménica de Taizé en Alagoinhas, Brasil.

La lectura central del encuentro era la parábola del Buen Samaritano. La tradicional pregunta de ¿Quién es mi próximo? se había reformulado la pregunta por ¿a quién me aproximo? ¿a quién me hago cercano?

Me invitaron a reflexionar y compartir mi mirada respecto a la posibilidad de entender la naturaleza como prójimo.  Dado que contábamos con traducción no simultánea al portugués, debía hablar con frases breves, lo que me permitía desacelerar mi habitual atolondrado modo de hablar y pausar mientras el traductor traducía al portugués me permitía pensar mejor lo que iba a decir, entrelazando pensamientos basados en pensamientos de Joanna Macy, Daniel Christian Wahl, Francisco de Asís, entre otres. Voy a transcribir aquí algunas de las reflexiones que compartí en aquella instancia.



Muchas gracias por esta presentación. Es para mí un gran honor compartir con ustedes. Siento un gran cariño por la comunidad de Taizé. Participé en muchos encuentros en Taizé (1997 y 1998), en Barcelona (2000), en Cochabamba (2007) y Santiago de Chile (2010). Nací y crecí en el País Vasco, en el Norte de España y llevo 20 años de mi vida viviendo en Chile.



Por mi  trabajo como facilitador de procesos de diálogo para la sostenibilidad, con frecuencia debo viajar y conocer diversos territorios. Cuando trabajo escuchando a las comunidades, escucho el dolor de las personas que viven más cerca de la tierra. Escucho el dolor de los campesinos, escucho el dolor de los pueblos originarios y de las comunidades locales. Escucho cómo se preocupan cuando los ríos se secan, cuando sus animales se mueren por no tener agua, cuando se preocupan cuando los glaciares se derriten, cuando los océano se contaminan por plásticos. Me toca recorrer desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia en el Sur, en las comunidades de alta montaña y sindicatos de pescadores artesanales. Y allá adonde voy, encuentro gente humilde, empobrecida y dolida por el dolor de la Tierra.



Por eso, esta pregunta de ¿a quién me aproximo? es una pregunta muy profunda que abre el corazón. A veces creemos que las zonas de sacrificio, los territorios donde las comunidades sufren por la contaminación están muy lejanas. Cuando vivimos en la comodidad de la ciudad, no vemos como prójimo a las zonas de sacrificio. Y es muy importante sentirlas próximas. Acercarnos a ellas para sentir su dolor. 

Cuando nos conectamos con otro, también nos encontramos conectamos con nosotros mismos. Cuando nos conectamos y vamos al encuentro de la naturaleza, también nos conectamos con nosotros mismos. Por tanto, es una experiencia religiosa. Conectar con la gente y conectar con la naturaleza es una experiencia que re-liga, re-conecta, que nos conecta con uno mismo, y con Dios. Por eso escuchar el dolor de la Tierra y escuchar el clamor de los Pobres es también escuchar nuestro propio dolor. Y solo sintiendo es dolor es posible avanzar hacia la esperanza. Una esperanza activa. No solamente una esperanza pasiva de quedarse esperando, sino una esperanza en acción. 


Cuando enseño Sustentabilidad en las universidades, muchas personas que trabajan en empresas me preguntan cómo contaminar menos, cómo reducir su impacto ambiental. Y a veces respondo que contaminar cada vez menos sigue siendo contaminar, así como robar cada vez menos sigue siendo robar.

Ha llegado un momento en que la Sustentabilidad ya no es suficiente. Es muy importante, pero ya no es suficiente. Es importante avanzar hacia la Regeneración.

Recuerdo la historia de Francisco de Asís, cuando se encuentra frente a la cruz de San Damián y escucha que Dios le dice "Mi casa está en ruinas. ¿No ves que mi casa se derrumba?" Y Francisco pensó que tenía que arreglar esa iglesia. Después cuando volvió, después de un tiempo de haber arreglado aquel templo. Francisco escuchó de nuevo la voz: "¿No ves que mi casa está en ruinas?". Y ahí entendió que no era solo aquel templo, sino que era también la Iglesia. Hoy, nuevamente, cada vez que viajo y converso con la gente empobrecida que siente el dolor de la Tierra, escucho esa misma voz que pregunta: "¿No ves que mi Casa está en ruinas?" pero ahora es la casa común que está en ruinas.


Cuando lo conectamos con la lectura de hoy del Samaritano, leemos que el Samaritano, "se acercó y curó las heridas". Entonces ¿Qué significa hoy reconstruir la casa común? ¿Qué significa sanar las heridas de nuestra Tierra?

Para mí significa acercarme a la tierra. meter las manos y los pies en el barro, arremangarse, y ponerse en acción regenerativa. La Naturaleza tiene la capacidad de regenerarse, pero los humanos estamos reduciendo las capacidades de la Naturaleza para regenerarse. Por eso es importante dejar de hacer todo aquello que disminuye la capacidad de regenerarse de la Naturaleza, y ponernos en acción para ayudar a reconstruir las condiciones que sostienen la vida.


jueves, 29 de octubre de 2020

Padre Basilio Álava


Aún recuerdo lo que escribió en la pizarra aquel primer día de clase, en Septiembre de 1993. Llegó con su infaltable bata blanca, se acercó a la pizarra, sacó la tiza del bolsillo, y escribió en inglés en letras mayúsculas:

"WORK AND ENJOY WORKING"

"Trabaja y disfruta trabajando"Ese era su lema, nos dijo. Y lo hice propio desde entonces.

Cada mañana llegaba a enseñarnos matemáticas con un entusiasmo imbatible, que rezumaba por los poros. Cuando faltaba algún otro profesor,  él se conseguía la sala audiovisual subterránea del pabellón de B.U.P y fusionaba dos - y alguna vez hasta tres- secciones en las memorables clases "Unificadas", donde avanzaba materia y hacíamos ejercicios en la pizarra. Cuándo requería dibujar círculos para enseñarnos trigonometría, sacaba su peculiar compás, con una tiza atada a un cordel, o si no lo llevaba encima, trazaba una circunferencia a mano alzada, clavando su codo en la pizarra y usando su antebrazo como compás.

Tenía un conocido repertorio de frases célebres que repetía con frecuencia, y estaban registradas en el interior de uno de los armarios de nuestra aula.

 - "No tengo la suerte de ser gallego" - respondía cada vez que le ofrecíamos una respuesta con tono dubitativo.

 - "Hale! unos platanitos y a la cápsula" - comentaba irónicamente cuando nos equivocábamos

 - "¿Cómo? ¿Cómo?" -preguntaba en un tono agudo, casi de fingida indignación, cuando dábamos una respuesta que lo decepcionaba.

 - "¿Hizo la tarea?" -Con mirada a la vez tierna e inquisidora.

 - "Apúrense" - Nos decía mientras bajaba rápidamente las escaleras con una leve cojera.

 - "Villoch, a la pizarra"

- "En la vida..." - Bastaban esas tres palabras para saber que podíamos soltar el bolígrafo y dejar de tomar apuntes durante un momento, pues después de aquello, vendrían unos minutos de una charla de sabiduría aplicada, que él denominaba "pildoritas". Por ejemplo: "En la vida, a veces hay que limarse las aristas para rodar mejor"

 A veces me decía: 

- "Villoch, tienes que ir a vivir a Suramérica, para aprender a hablar más despacio y tomarte la vida con más calma".

Y, bueno, hasta acá me vine. Él había vivido varios años en Barranquilla, Colombia. Y le habían quedado algunas expresiones de aquel tiempo, como el tratarnos de ustedes.

Durante un tiempo gestionó la venta de la tienda de gominolas que abría los sábados por la mañana,  durante las fiestas anuales del colegio y en algunos recreos. También solía manejar el autobús blanco y verde del colegio. También lo recuerdo en su rol pastoral, en la capilla, con su estola, celebrando misas  o escuchando confesiones.

Aunque, más allá de la universidad, jamás volví a usar la geometría analítica, ni las derivadas ni las integrales en mi vida profesional, confieso que, gracias a su genuina y apasionada didáctica, aprendí a amar las matemáticas. Aún recuerdo la regla mnemotécnica para las integrales: "Si Un Día Ves Un Valiente Soldado Vestido De Uniforme". 

\displaystyle{\int u \cdot dv =u \cdot v - \int v \cdot du}

En mayo del 2011, en el marco de un viaje para presentar mi tesis de Maestría en un congreso sobre Desarrollo Sostenible en el Earth Institute de la Universidad de Columbia en Nueva York, atravesé caminando Manhtattan para visitarlo en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en el East Harlem y saqué esta foto. Me sentía como Luke Skywalker peregrinando al encuentro de Yoda.



Hoy jueves 29 de octubre, será su funeral en la iglesia de San José de la Montaña. Dado que no podré estar presente, le rindo este pequeño homenaje.

Seguramente, todos quienes nos dedicamos a la docencia, tuvimos alguna vez algún profesor que nos inspiró. Yo tuve varios... Marisol en 1° y 2°,  Don Alberto en 4°, Don Fernando en 5°, Dionisio Cámara, Almudena Eizaguirre, González Vadillo, Efrén Martín, Bernardo García en La Comercial de Deusto, Eduardo Guzmán y Mohamed Ayub Khan en el Tec de Monterrey, Göran Carstedt, Karl-Henrik Robert y Regina Rowland en el MSLS del BTH en Suecia entre otros. Pero sin duda, debo reconocer que la figura del Padre Basilio, representa mí algo más que un docente. 

Si Profesor es alguien que te enseña, y Maestro es alguien de quien aprendes, Basilio sin duda fue para mí un Maestro.


domingo, 18 de octubre de 2020

Recuerdos de octubre, un año después

El neoliberalismo me había calado hasta los huesos. Había colonizado mi psique. Por más que mi alma quisiera contribuir a la comunidad, ejercer un tiempo de voluntariado, mi supuesta libertad se veía cooptada por una estructura de incentivos perversos que me hacían perpetuar el individualismo. La presión de trabajar para pagar la hipoteca al banco, la tarjeta de crédito, el miedo a la intemperie, el pánico a la pobreza, la narrativa del emprendedor, la autoexigencia convertida en autoexplotación, al afán de ser productivo, el juicio a la ineficiencia, el descanso y el ocio vistos como flojera.... eran todo expresiones de haber privatizado mi vida, haber interiorizado al opresor.  Al mismo tiempo era empresario y empleado precarizado. Obrero del conocimiento de universidades extractivistas, pilares del capitalismo cognitivo. La dialéctica materialista ya no se daba entre patrón y proletario, sino que se daba al interior de mi mente, en el frágil campo de batalla de mi cuerpo, en el limitado espacio tiempo de mi agenda... y los efectos colaterales no deseados afectaban la calidad de mis vínculos con mis seres queridos, y también la calidad de la salud corporal, mental y emocional.

Pero un velo cayó aquel dieciocho de octubre. Dicen que fue una revolución, pero también fue una revelación. Cuando el pueblo se rebeló, algo nos fue revelado. Aquel veinticinco de octubre, allí en la plaza, renombrada como Plaza Dignidad, en las calles, en las grandes alamedas sentimos que caminamos libres para construir una sociedad mejor, cumpliendo la profecía de Allende. Por primera vez en mucho tiempo nos sentimos Pueblo, miembros solidarios de una alma colectiva. Codo a codo, mano a mano. Banderas mapuches y chilenas, del Colo y la U, ondeaban al viento. Mujeres y hombres. Jóvenes y viejos.  La categoría Pueblo había sido olvidada. Reemplazada por expresiones más modernas y urbanitas como Ciudadanía, Gente, Sociedad, menos cargadas de significado colectivo.

Durante las últimas cinco décadas, las fuerzas del mercado habían debilitado -si no disuelto- las fuerzas de la comunidad. Y durante aquella intensa semana,  las Fuerzas de Seguridad del Estado se habían vuelto contra el Pueblo, y lo estaban, literalmente, mutilando. Cuando el Pueblo abrió los ojos y despertó, le arrancaron los ojos. Un joven estudiante. Una trabajadora. Gustavo y Fabiola. ¿Qué peligro representaban realmente? ¿Para quién?

Tomamos conciencia de la injusticia. Chile se había convertido en un país de eufemismos. La injusticia se había transformado en un tabú. La llamábamos desigualdad o inequidad. Era raro incluso escuchar la expresión "Justicia social". Si uno la mencionaba, casi te tildaban de comunista. Recuerdo el polvo que levantó en su momento la propuesta de Monseñor Goic del Salario ético. 

Durante aquella semana, había participado en un congreso académico sobre Transformaciones Sociales en la Universidad de Chile. Aquel viernes 18-O, fui temprano en metro a dar mi clase de Liderazgo Estratégico y Manejo de Conflictos a mis alumnos en el Barrio República y en el metro ya noté un aire enrarecido. Ante la escalada de evasiones masivas promovidas por estudiantes, grupos de Carabineros antidisturbios dentro y fuera de las estaciones. Terminada mi clase, viajé a Viña del Mar por el día para impartir mi clase allá y en el bus de regreso, me advirtieron del caos vial que se vivía en Santiago. El bus se demoró una hora adicional en entrar a la ciudad. Al ver el metro cerrado, caminé unas cuadras por la Alameda desde la USACH hacia Estación Central, pero en el camino, vi barricadas encendidas, encapuchados y guanacos y zorrillos que se acercaban. Me metí hacia una bocacalle para evitar los gases lacrimógenos. Llamé un Uber, que se demoró diez largos minutos en llegar. En el minuto nueve, vi que se acercaba corriendo un tropel de una treintena de personas encapuchadas, con un guanaco lanzando agua por detrás. Cuando ya estaban a pocos metros, justo llegó el Uber y raudamente, como alma que lleva el diablo, me subí al auto y le dije al conductor "Corra, que vienen los pacos". Me puse el cinturón de seguridad, respiré aliviado, y envié un mensaje a mi mujer para compartirle mi ubicación.

Al día siguiente, sábado, 19-O, sin entender todavía la dimensión del Estado de Excepción y sus consecuencias, participé en la actividad del SDG Forum en al marco del Congreso de Transformaciones. hasta que a mediodía, al comenzar un cacerolazo masivo, la coordinadora del evento nos pidió evacuar el campus para salvaguardar la integridad de los participantes.

Aquella noche escribí "Anomia" y a la noche siguiente "Estado de Fragilidad"

Otro día, al terminar mi trabajo en la oficina, a las cinco de la tarde, iba bajando con mi mochila, tranquilo para ir a tomar el metro, y en ese momento llegó un zorrillo por la Alameda, lanzando un horrible gas lacrimógeno. Tuve que volver a glocal a por limones, y esperar que pasaran los efectos.. Nunca me había sentido antes así, vulnerado en mi dignidad y en mis derechos humanos. Al llegar a casa, hice la denuncia en el formulario habilitado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos.

El Viernes 25 de Octubre salimos a marchar como equipo. Caminamos por la Alameda. Tocamos las cacerolas y sartenes. Coreamos las consignas. Y bailamos tras el escenario de Sol y Lluvia.

Fui testigo de mucha más violencia de la que hubiera deseado. Pero la más brutal era la fuerza desproporcionada de las Fuerzas del Estado contra su propio Pueblo alzado.

Ya ha pasado un año. Y más de la mitad, marcado por la Pandemia. 

Este domingo, cambiaremos la cuchara de palo por un bolígrafo azul y la pañoleta roja por una mascarilla. Y trazando dos simples líneas sobre una papeleta, millones escribiremos la Historia.




sábado, 26 de septiembre de 2020

Reciprocidad en el principio de Solidaridad intergeneracional ante la Pandemia

¿Por qué nuestra generación está dispuesta a renunciar a su estilo de vida para salvar a nuestros abuelos de la pandemia, pero no lo hacía para salvar a nuestros hijos o nietos frente a la amenaza contundente del cambio climático?


Por Alejandra Vásquez y Pablo Villoch 

El Informe Brundtland (1987) define el desarrollo sostenible como aquel que trata de satisfacer las necesidades de la actual generación, sin poner en riesgo la satisfacción de las mismas a las generaciones futuras. En 1992 en la Cumbre de Río sobre Medio Ambiente y Desarrollo se formulan 27 principios básicos sobre el desarrollo sostenible.

En dicha definición subyace un principio de solidaridad y equidad intergeneracional, entendiendo que las futuras generaciones tienen el derecho a una herencia adecuada que les permita un nivel de vida no menor al de la generación actual (Heywood & Watson 1995). La equidad intergeneracional puede entenderse como la responsabilidad de cada generación de dejar a las nuevas generaciones una herencia de riquezas que no sea menos que lo que ellas mismas heredaron. Por tanto, la generación actual tiene la responsabilidad de administrar el cuidado de los recursos naturales para las nuevas generaciones

En la actualidad nos vemos expuestos a un cambio climático abrupto, donde la liberación de gases de efecto invernadero, particularmente CO2, nos coloca en una situación de crisis climática, frente a la cual es necesaria una reducción per cápita sin precedentes de CO2, en particular de la emisión de estos gases por parte de países desarrollados. 

Desde marzo de este año 2020, millones de personas en todo el planeta, nos encontramos - en forma obligatoria o voluntaria- dentro de casa debido a la crisis sanitaria provocada por el COVID-19, para evitar el contagio y prevenir el colapso de los sistemas de salud.

Dado que este virus afecta de modo más grave a mayores de 60 años, esta crisis sanitaria nos está haciendo experimentar en carne propia el principio de la solidaridad intergeneracional. Las generaciones más jóvenes, que corren menor riesgo, han demostrado que están dispuestas a renunciar a su “libertad de salir”, y en general, a modificar radicalmente su estilo de vida, con el fin de proteger la vida de las generaciones de mayor edad.

Nace entonces una pregunta espontánea: ¿Por qué tarda en activarse la misma solidaridad intergeneracional conociendo la emergencia climática que está mermando con los recursos naturales para las generaciones futuras? o más directamente, ¿por qué nuestra generación está dispuesta a renunciar a su estilo de vida para salvar a nuestros abuelos de la pandemia, pero no lo hacía para salvar a nuestros hijos o nietos frente a la amenaza contundente del cambio climático?

Recientes estudios sobre reciprocidad y generosidad (Delton, et al 2011) mencionan que el comportamiento humano en todas las culturas conocidas está densamente interrelacionado por redes de reciprocidad o intercambio (para usar los términos de biólogos y economistas, respectivamente).  En las últimas dos décadas hay evidencia experimental y neurocientífica que respalda la hipótesis de que el modo en que tomamos decisiones se manifiesta por una especialización cognitiva y motivacional, los seres humanos castigamos a aquellos que no cooperan y generamos un sentimiento punitivo hacia los no cooperadores. 

Una de las respuesta que podemos dar es debida a nuestro sesgo cognitivo, nuestra “miopía cortoplacista” de mirar en menos el daño futuro que estamos haciendo hoy a las nuevas y futuras generaciones del largo plazo.

Este sesgo cognitivo llamado descuento hiperbólico, que en los últimos años, psicólogos, economistas y neurocientíficos han descrito como el comportamiento humano que nos lleva a tomar decisiones hoy como si el futuro fuera lejano o no existiera. En los estudios de la neurociencia (McClure et al 2004) descubrieron que en nuestro cerebro hay dos sistemas separados que están involucrados en tales decisiones, las partes del sistema límbico están asociadas a obtener recompensas disponibles en modo inmediato, activando un comportamiento de tipo impulsivo que se resume en la frase: “Más vale pájaro en mano que ciento (o cien) volando”. En contraste, existen regiones de la corteza prefrontal y parietal posterior que están unidas y nos llevan a tomar elecciones intertemporales, independientemente de la demora. 

Apelemos a nuestra capacidad innata de seres cooperadores. Ha sido la colaboración a múltiples escalas lo que nos ha permitido evolucionar como especie. Llegó el momento de fortalecer nuestras elecciones presentes, creando conexiones neuronales y afectivas de largo plazo, que se manifiesten en la incorporación de hábitos sostenibles que transformen nuestros sistemas de producción y consumo, mecanismos que contribuyan a crear desde hoy un futuro un bienestar para las generaciones futuras. 


Bibliografía

  • Delton AW, Krasnow MM, Cosmides L, Tooby J (2011) Evolution of direct reciprocity under uncertainty can explain human generosity in one-shot encounters. Proc Natl Acad Sci USA 108(32):13335–13340

  • Hardin G (1968) The tragedy of the commons. Science 162:1243–1248

  • Heywood, V. H., & Watson, R. T. (1995). Global biodiversity assessment (Vol. 1140). Cambridge: Cambridge university press.

  • McClure, S. M., Laibson, D. I., Loewenstein, G., & Cohen, J. D. (2004). Separate neural systems value immediate and delayed monetary rewards. Science, 306(5695), 503-507.

  • Nowak, M., & Highfield, R. (2011). Supercooperators: Altruism, evolution, and why we need each other to succeed. Simon and Schuster.

  • https://www.sosteniblepedia.org/index.php?title=Equidad_intergeneracional

domingo, 23 de agosto de 2020

Las máscaras de mi padre


Recuerdo que mi padre viajaba periódicamente a Alemania. Asistía a Ferias para buscar nuevos productos para ser su distribuidor. Solía traer regalos y golosinas en su maleta. Era casi un ritual el esperar a que abriera su maleta para sorprendernos con la última novedad: gominolas de regaliz, pitufos, artículos para gastar bromas... Un par de años trajo máscaras de goma de distintos personajes. Máscaras de monstruos y máscaras de payasos que después estrenábamos en la fiesta de Carnavales, en San Sebastián y en La Bañeza.

En la foto, el con su máscara de payaso triste, y yo con la máscara de payaso triste, posando sobre las lluviosas calles de San Sebastián, su ciudad natal, junto a la Catedral del Buen Pastor. 

Me fascinaba disfrazarme. Lo hacía en cada oportunidad, ya fuera Carnaval, Nochevieja, o el desfile escolar de disfraces. Era como si, por fin, oculto tras esa máscara, por fín pudiera ser uno mismo.

Recuerdo haberme disfrazado de mimo, de payaso, de fantasma, de hombre lobo, de luna, de cielo, de chino, de inventor loco, de mexicano, de mago, de Merlin, de mosca, de árbol


 

domingo, 21 de junio de 2020

La pieza que faltaba



Hace años, cuando vivíamos en las montañas, mi mujer me regaló un rompecabezas de quinientas piezas, que representaba un mapamundi antiguo. Durante semanas, en aquella pequeña cabaña de madera rodeada de nieve, en la cordillera de los Andes, pasamos nuestros ratos libres completando aquel rompecabezas. Sin embargo, cuando estábamos a punto de terminarlo, faltaba una pieza. Cuando llegó el tiempo de mudarnos, tuvimos que desarmarlo y volver a meterlo en una caja. Durante los años siguientes, con la convicción de que faltaba una pieza, nunca volvimos a abrir aquella caja.

Quince años después, en plena cuarentena, durante la pandemia global del 2020, nuestros hijos descubrieron la caja en algún rincón de nuestra bodega. Durante un fin de semana, nos sentamos en familia para recomponer aquel mapamundi, sumando una a una cada pieza del rompecabezas. Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dimos cuenta de estaban todas las piezas. ¡No faltaba ninguna! Había estado completo por tantos años, pero durante demasiado tiempo sostuvimos la creencia de que estaba incompleto.


martes, 16 de junio de 2020

Pequeño Colibrí



¿Para qué bate sus alas el pequeño colibrí?

Para volar de flor en flor,
para su néctar libar
y poder disfrutar
de cada aroma y sabor.

¿Para qué liba las flores el pequeño colibrí?

Para sus alas batir
para su cuerpo mover,
para su corazón latir,
para en libertad vivir.

¿Dónde irás, pequeño colibrí,
esclavo de tu volar?

lunes, 8 de junio de 2020

No puedo respirar


“No puedo respirar”
dijo George Floyd cuando la rodilla del policía le oprimía las vías respiratorias en Minneapolis durante ocho minutos y cuarenta y seis segundos.

“No puedo respirar”
dicen los millones de personas contagiadas por el Coronavirus SARS-CoV-2 en todo el mundo.

“No puedo respirar”
dijo el murciélago o el pangolín enjaulado cuando fue vendido en el mercado de Wuhan.

“No puedo respirar”
dice la madre agotada por las labores de la crianza, el cuidado del hogar y el teletrabajo.

“No puedo respirar”
dice un niño brasileño en una favela militarizada.

“No puedo respirar”
dice la ballena varada en una playa de la Patagonia.

“No puedo respirar”
dice el campesino asediado por la sequía.

“No puedo respirar”
dice el salmón hacinado en su jaula en las aguas frías de un fiordo.

“No puedo respirar”
dice el coral afectado por la acidificación del océano.

“No puedo respirar”
dice el colibrí cansado de respirar el smog de la ciudad.

“No puedo respirar”

dice el joven microtraficante enganchado al policonsumo.

“No puedo respirar”
dice el sauce secándose a orillas del río seco por la represa de aguas arriba.

“No puedo respirar”
dice el profesor a tiempo parcial explotado por la universidad que lucra con su saber.

“No puedo respirar”
dice el estudiante encapuchado envuelto en gas lacrimógeno.

“No puedo respirar”
dice el carabinero encerrado en el guanaco zarandeado.

“No puedo respirar”
dice la mujer que limpia los baños del edificio.

“No puedo respirar”
dice el obrero apretado en el metro.

“No puedo respirar”
dice el glaciar cubierto de polvo por la actividad minera.


“No puedo respirar”
dice el padre de familia angustiado por no poder llegar a fin de mes.

“No puedo respirar”
dicen los niños que viven junto a la termoeléctrica, en una de tantas zonas de sacrificio.

“No puedo respirar”
dice el tapir que escapa de la Amazonia en llamas.

“No puedo respirar”
dice la araucaria sagrada al pewenche que la cuida

“No puedo respirar”
dice el koala con su pelaje quemado.

“No puedo respirar”
dice el bombero que apaga el incendio provocado por el ganadero.

“No puedo respirar”
dice la vaca en el matadero.

“No puedo respirar”
dice la mujer confinada junto a su maltratador.

“No puedo respirar”
dice el delfin atrapado en la red de pesca de arrastre.

"No puedo respirar
dice el preso hacinado en la celda.

“No puedo respirar”
dice el funcionario hastiado de su rutinario trabajo y de su jefe.

“No puedo respirar”
dice la víctima del abuso.

"No puedo respirar"
dice la abuelita con una pensión miserable que no le alcanza para vivir dignamente.

“No puedo respirar”
dice la niña esclava bengalí, cosiendo prendas de vestir para la moda rápida.

“No puedo respirar”
dice el refugiado en el campo de refugiados en el desierto del destierro.

“No puedo respirar”
dice la mujer migrante víctima de trata.

"No puedo respirar"
dice el emprendedor auto-explotado.

“No puedo respirar”
dice la Madre Tierra.

“No puedo respirar”
dice el futuro, la humanidad, la esperanza.

“No puedo respirar”.
Signo de los tiempos.
Grito del alma del mundo oprimida.
Clamor por la vida convertido en cántico de protesta.
Epitafio planetario grabado en la memoria.

viernes, 22 de mayo de 2020

Anotaciones y aprendizajes en estos tiempos de pandemia aun en proceso

Cosas que estoy aprendiendo durante estos días confinado en casa:

Sobre la austeridad
- es posible llevar una vida sencilla, austera, preguntarse qué es lo que realmente necesitamos
- es fundamental transitar hacia sistemas agroalimentarios locales, hacia una soberanía alimentaria, para depender lo mínimo de supermercados y cadenas de suministro.
- es posible comprar online lo poco que se necesita
- es posible ahorrar bastante tiempo con el teletrabajo
- es posible trabajar desde casa

Sobre el huerto
- Regar desde abajo
- Almácigos con papel de periódico
- Las ortigas nacen aunque uno no las plante, y no son maleza, sino bueneza.
- que los rizomas de Chépica realmente brotan aunque los cortes pero se pueden eliminar con agua hirviendo

Sobre los webinars
- puedes emitir un webinar en camisa y pantalón de pijama
- aunque estés solo en la sala, la química corporal se siente igual, el pánico escénico, la subida de la dopamina, el placer de la serotonina.. y dura varias horas despues.... si te sientes con la dopamina baja, invéntante un webinar!
- zoom permite transmitir  y grabar streaming via youtube, que se puede insertar en una web

Sobre facilitación online:
- no se trata de la tecnología, sino la cualidad de las relaciones y conversaciones humanas que la tecnología permite
- existen múltiples herramientas disponibles... mis favoritas hasta ahora: zoom, jamboard, miro, menti, trello, slack, basecamp
- si la tecnología está hecha de los mismos átomos de la naturaleza (cobre, sílice, carbono, oxigeno, hidrógeno, aluminio) y muchos la consideramos sagrada, ¿Por qué no considerar como tal a la tecnología?




 Sobre emprendimiento social
- la capacidad de emprender e innovar está enraizada y emerge de un entramado de vínculos de confianza (inspirado en una lección sobre Conectividad y estrategias sistémicas de Urs Jagger, Felipe Symmes)
- que algunos sueños tienen vida propia, pero necesitamos sostener el silencio y el vacío con otros, para que pueda nacer lo que quiere emerger. 
- Sostener ese silencio requiere que en cada uno y en sí mismo trabajar el propio ego, ese que cree saber todas las respuestas, morderse la lengua, permitr que las respuestas aparezcan entre todos
- Permitirse parir un sueño en un nucleo requiere desap-ego del sueño propio. (insights post reunión con Antonia)

Sobre cursos online
- que Google Classroom, Canvas y Blackboard son bastante faciles de usar , y me gusta crear espacios de aprendizaje virtual

Sobre el patriarcado doméstico
- que un importante campo de batalla para despatriarcalizar el presente queda dentro de la casa.
- que es posible gamificar la incorporación de ciertos hábitos en familia que permitan distribuir en forma mas justa y responsable las labores domésticas
- aqui compartiré el juego que inc
- que lavar la vajilla puede ser un momento de contemplación

Sobre el trabajo personal
- que cada humano carga con sus heridas, unos consciente y otros en forma inconsciente
- que la herida se vuelve fecunda cuando se vuelve creativa.
- que transformar la energía vital y canalizarla simbólicamente en expresiones artísticas es potente, y parece que se llama sublimación.
- que cuando desarrollas la capacidad de discernir el reflejo que proyectas en el mundo, el mundo y cada elemento del entorno que te rodea se vuelve un gran y terapeutico espejo.



domingo, 10 de mayo de 2020

Lo que habita en mí



Dentro de mí
habita un depredador sexual,
un cocodrilo
programado para matar o morir
un vampiro
sediento de sangre,
un hombre lobo
hambriento de carne,
un dinosaurio
a punto de extinguirse,
un monstruo
peludo y hediondo ,
un diablillo
malvado y perverso,
un ángel caído,
culpable y arrepentido,
un asesino,
psicópata al acecho,
un mono,
loco y distraído,
un pecador,
sin remedio ni perdón
un criminal,
sin culpa ni vergüenza
un perezoso,
un glotón
un lujurioso,
un soberbio,
un avaricioso,
un cobarde,
un solitario,
un incomprendido,
un niño herido,
un ángel de la guarda,
un pedazo de cielo,
un explorador perdido,
un alquimista olvidado,
un mago sin varita,
un peregrino sin rosario,
un quijote sin su sancho,
un revolucionario sin metralleta,
un conquistador sin oro ni naves,
un poeta sin premios,
un caminante sin bastón,
un montañero sin montañas,
un profesor sin alumnos,
un amigo sin amigos,
un maestro en búsqueda,
un aprendiz en cada encuentro...
un caballo de tierra,
un dragon de la buena suerte,
un guerrero collibrí,
y aun en silencio,
en la quietud,
de día y de noche,
con su sombra y con su luz,
todos ellos habitan en mí.

viernes, 13 de marzo de 2020

Mariano


¿Cómo olvidar tus sandalias
tu viejo acordeón,
aquel gorro de lana
y la estola andina
sobre la blanca sotana?

¿Cómo olvidar aquella misa
en que nos invitaste
a bailar la Palabra
en una liturgia nunca antes vista?

¿Cómo no conmoverme
por tu testimonio de vida,
por la radicalidad
de tu amor por la Palabra?


¿Cómo no inspirarme 
con tu legado de humanidad
y profunda esperanza
en La Legua, en Chiloé,
en Villa Francia
y Pudahuel?

¿Cómo no recordarte
cantando con fuerza
en cada viacrucis
de Villa Grimaldi?

Profeta y pastor
en teología, doctor,
cura y obrero
activista y defensor
de los derechos humanos,
pobre entre los pobres,
hombre entre los hombres.

Amigo cercano
del Cristo torturado
y también del resucitado.

Signo de luz
en una Iglesia marchita
en un pueblo herido
en un mundo sin fe.

¿Cómo no abrir los ojos
ante las historias
que cuentan de ti
quienes te conocieron,
ante la huella que dejaste
en cada parroquia,
en cada población
que habitaste?

 ¿Cómo trabajar,
como en tu carta,
para convertir
cada plaza en una fiesta?

¿Cómo hacer de este país
y de este mundo
un gran baile
en que nadie sobre,
y menos el más pobre?

¿Qué pasos dar
para que este despertar
no muera munca más?