martes, 30 de octubre de 2007

VASCOS EN LA DIÁSPORA

Publicado en Bake Hitzak N° 60, año 2005, Gesto por la Paz

Hace ya casi siete años, cuando llegué a Chile para trabajar durante un año en la Fundación Vasco-Chilena para el Desarrollo, gracias a una beca de la Cátedra Unesco de Formacion de Recursos Humanos para América Latina, tuve la oportunidad de conocer muy de cerca a la colonia vasca en Chile, algunos de los tiempos del exilio, otros de segunda o tercera generación.

Lo primero que me preguntaron fue el apellido. A esto respondí que era de origen catalán, pero que mi padre era de Donosti de toda la vida y que era mi abuela paterna la que me dio mi único apellido vasco, que ocupa un humilde tercer lugar. La segunda pregunta, fue sobre si hablaba euskera. Aquí tuve que responder que había estudiado en el modelo A, es decir, 4 horas semanales durante doce años, pero que nunca fue mi lengua materna, porque mi madre era andaluza. Y la tercera pregunta fue si sabía jugar mus. Dije que sí – lo que no les conté es que me enseñó un amigo japonés de Pozuelo de Alarcón en un loco verano en Inglaterra-. Otros me preguntaban si bailaba aurresku, o si jugaba pelota vasca. A estos les tuve que decir que no, pero que me encantaría aprenderlo. Estas preguntas nos dan algunas señales de los elementos en los que se ha ido construyendo la identidad vasca en la diáspora, al menos en Chile: linaje, lengua y folclor.

Don Miguel de Unamuno mencionaba que los vascos habían dado dos creaciones a la Historia: una era la Compañía de Jesús y la otra, la República de Chile. Estudios no oficiales defienden que uno de cada cinco chilenos tiene algún apellido vasco en sus primeros apellidos. Son numerosos los topónimos de origen vasco que pueblan tanto las calles de Santiago, como sus libros de historia. Incluso un retoño del arbol de Gernika crece junto a la capilla del emblemático Cerro San Cristóbal.

Tuve la fortuna de conocer entrañables personajes que habían llegado como niños huyendo de las desdichas de la Guerra Civil en el Winnipeg, el barco fletado por Pablo Neruda cuando fue diplomático en Madrid. Niños que llegaron al puerto de Valparaíso con una mano delante y otra detrás, sin más capital que un dolor de muelas y que con el tiempo y mucho esfuerzo, fueron capaces de construir verdaderos imperios económicos. Algunos de ellos, paradójicamente, se opusieron a Franco pero defendieron a Pinochet. Todos estos hombres y mujeres mantuvieron durante años la imagen idealizada, de la Euskal Herria bucólica y pastoril de los años treinta, que queda reflejada en los cuadros tallados en las paredes de la Eusko Etxea de Santiago: el caserío, los bueyes, el frontón, las traineras...

Tal vez por eso, cuando jóvenes vascos profesionales, nacidos en democracia, llegamos a trabajar por un tiempo a Sudamérica, traemos otra imagen de país, de la Euskadi diversa y plural del siglo XXI, del efecto Guggenheim, a la vanguardia en tecnología, en calidad de vida y en solidaridad, les quebramos un poco a nuestros entrañables aitites sus imágenes estereotipadas y ancladas en el pasado.

Mi abuelo, que era gallego, solía decir que el nacionalismo se curaba viajando. Sin embargo, al llegar a Chile, me di cuenta de que en ocasiones, no solo no se cura, sino que al contrario, se acentúa aún con más fuerza. No quiero criticarlo, porque este sentido de pertenencia ha sido precisamente lo que ha permitido cohesionar a la comunidad vasca en la diáspora, permitiendo que aún subsistan las Euskal etxeak, o que se den clases de Euskera a más de catorcemil kilómetros de Euskadi, o que niños de Argentina, México, Venezuela o Chile sepan bailar la espatadantza tan bien como en Elorrio, Zumaia o Etxarri-Aranaz.

Hoy día en Chile ya somos casi un centenar los jóvenes vascos profesionales que apostamos por construir país también desde el exterior, ayudando a exportar a nuestras pymes o comprometidos en ONGs u organismos internacionales, empeñados en cada nuevo encuentro en exportar al mundo una imagen más real de lo que somos que contrarreste los prejuicios asociados a imágenes de violencia transmitidos por los medios de comunicación.

Al menos, de nuestra generación de Gesto, la de aquellos que fuimos estudiantes durante los noventa, somos muchos los que nos fuimos a estudiar al extranjero y hemos continuado nuestra trayectoria ligados a la defensa de los Derechos Humanos, a la construcción de la Paz, al trabajo por el Desarrollo Sostenible ya fuera en Bruselas, Mauritania o Bolivia. En este sentido, creo que Gesto en aquellos intensos años fue una excelente cantera, un auténtico semillero de líderes y agentes de cambio que hoy viven distribuidos por el mundo, luchando por un mundo más justo y más humano. Por todo ello, quiero enviarles un sincero agradecimiento a todos aquellos que nos acompañaron pacientemente durante el aprendizaje cívico de aquellos años.
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