jueves, 24 de septiembre de 2026

Te busqué


No puedes imaginar 

cuántas veces googleé tu nombre 

en todos estos años.


Te busqué en el listín telefónico,

te busqué entre las estrellas

más allá de la Vía Láctea,

y en las más íntimas 

cicatrices de mi corazón.


Entre las cuerdas de mi guitarra 

y entre las líneas del pentagrama,

y en esa silenciosa penumbra 

entre la vigilia y los sueños.


En empolvados rincones 

de mi frágil memoria

y en los nublados paisajes 

de la imaginación.


Te busqué entre las sombras 

y en los más sagrados misterios.

Te busqué detrás de cada arroyo,

y en cada piedra con agujero.


Te busqué entre poemas,

entre líneas y entre versos,

debajo de las palabras

y detrás de los silencios.


Pero no te encontraba

por ningún sitio 

o algo mucho peor:

te encontraba en todos lados.


En los versos de Malinowsky

y en las canciones de Silvio.

En las películas de Disney

y las de Al Pacino,

en los hayedos y las choperas

y en los pedazos de cielo

que vislumbraba entre sus ramas.


En Marte, en Venus y en la Luna,

y en cada tono de lila, púrpura, 

violeta, malva o el morado

de las amatistas y los atardeceres.


En el Casco Viejo, 

y en las sorginak,

en las manifestaciones 

pacifistas y feministas

en el aceite de masaje

en cada espalda que acaricié.


Y te encontraba 

una y otra vez,

pero no tu piel

ni tu cuerpo.

Solo tu maldito y agridulce recuerdo

que se desvanecía al abrazarte.


Era como si la tierra te hubiese tragado,

como si la CIA hubiese borrado 

cualquier rastro de tu existencia 

cualquier huella digital,

ni una foto, ni una red social

sobre la faz de la Tierra.


Solo una caja de zapatos

repleta de cartas y poemas 

de amor adolescente

y cuatro fotos borrosas

que atesoro con gratitud

y la nostalgia de saber y aceptar

que aquellas golondrinas no volverán.


Llegué a pensar que habías muerto

o que recorrías Europa en un camión

o en un circo nómada

o en una ecoaldea en el Pirineo Navarro

o en una secta vegana

o vendiendo artesanías en alguna feria.


Por eso, me alegré tanto,

pero tanto, tanto,

cuando por fin

supe que aún vivías,

que tienes dos hijos

y ovejas y cabras y una huerta,

y que entre selvas y abetos,

cerca de aquel castillo,

bailas cada día.

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