No puedes imaginar
cuántas veces googleé tu nombre
en todos estos años.
Te busqué en el listín telefónico,
te busqué entre las estrellas
más allá de la Vía Láctea,
y en las más íntimas
cicatrices de mi corazón.
Entre las cuerdas de mi guitarra
y entre las líneas del pentagrama,
y en esa silenciosa penumbra
entre la vigilia y los sueños.
En empolvados rincones
de mi frágil memoria
y en los nublados paisajes
de la imaginación.
Te busqué entre las sombras
y en los más sagrados misterios.
Te busqué detrás de cada arroyo,
y en cada piedra con agujero.
Te busqué entre poemas,
entre líneas y entre versos,
debajo de las palabras
y detrás de los silencios.
Pero no te encontraba
por ningún sitio
o algo mucho peor:
te encontraba en todos lados.
En los versos de Malinowsky
y en las canciones de Silvio.
En las películas de Disney
y las de Al Pacino,
en los hayedos y las choperas
y en los pedazos de cielo
que vislumbraba entre sus ramas.
En Marte, en Venus y en la Luna,
y en cada tono de lila, púrpura,
violeta, malva o el morado
de las amatistas y los atardeceres.
En el Casco Viejo,
y en las sorginak,
en las manifestaciones
pacifistas y feministas
en el aceite de masaje
en cada espalda que acaricié.
Y te encontraba
una y otra vez,
pero no tu piel
ni tu cuerpo.
Solo tu maldito y agridulce recuerdo
que se desvanecía al abrazarte.
Era como si la tierra te hubiese tragado,
como si la CIA hubiese borrado
cualquier rastro de tu existencia
cualquier huella digital,
ni una foto, ni una red social
sobre la faz de la Tierra.
Solo una caja de zapatos
repleta de cartas y poemas
de amor adolescente
y cuatro fotos borrosas
que atesoro con gratitud
y la nostalgia de saber y aceptar
que aquellas golondrinas no volverán.
Llegué a pensar que habías muerto
o que recorrías Europa en un camión
o en un circo nómada
o en una ecoaldea en el Pirineo Navarro
o en una secta vegana
o vendiendo artesanías en alguna feria.
Por eso, me alegré tanto,
pero tanto, tanto,
cuando por fin
supe que aún vivías,
que tienes dos hijos
y ovejas y cabras y una huerta,
y que entre selvas y abetos,
cerca de aquel castillo,
bailas cada día.

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