El pensador francés Bruno Latour formuló una paradoja incómoda del turismo contemporáneo: el mismo avión que lleva a una persona a contemplar un glaciar contribuye, mediante sus emisiones, al derretimiento de aquello que ha ido a admirar. El visitante, el avión y el glaciar están entrelazados como partes ineludibles de la misma historia.
Desde esa perspectiva, hablar de turismo sostenible puede parecer una contradicción. ¿Cómo una actividad que depende del transporte, del consumo de recursos y de la movilidad masiva podría contribuir al cuidado de los territorios?
Sin embargo, viajar responde a una necesidad profundamente humana. El descanso, el encuentro con otros lugares y la posibilidad de tomar distancia de la vida cotidiana forman parte del bienestar. Cuando esas experiencias desaparecen o se empobrecen, emerge lo que algunos autores denominan "pobreza de ocio": una vida sin espacios suficientes para la contemplación, el aprendizaje o la renovación personal.
Muchos conocemos ambas experiencias. La de regresar de un viaje con nuevas energías, nuevas preguntas y una mirada distinta sobre la propia vida. Y también la de volver agotados, necesitando descansar de las propias vacaciones. La diferencia entre ambas experiencias no es accidental.
El turismo se ha convertido en una de las actividades económicas más importantes del planeta. Según ONU Turismo, en 2025 se registraron globalmente cerca de 1.520 millones de llegadas internacionales y el sector generó ingresos superiores a los 1,6 billones de dólares, además de cientos de millones de empleos en todo el mundo.
Pero el turismo reproduce también las tensiones de nuestro tiempo: presión sobre ecosistemas frágiles, conflictos por el uso del territorio, encarecimiento de la vivienda, pérdida de identidad local o dependencia económica excesiva. En Chile y América Latina, donde numerosos destinos enfrentan simultáneamente desafíos ambientales, sociales y climáticos, estas preguntas adquieren una especial relevancia.
Frente a esto, en diversos territorios emerge otra tendencia: la del turismo regenerativo. Busca ir más allá de reducir impactos negativos o hacer menos daño. Se pregunta cómo una experiencia de viaje podría contribuir a revitalizar ecosistemas, fortalecer economías locales, reconstruir vínculos comunitarios y ofrecer experiencias transformadoras y significativas a quienes visitan.
¿Qué necesita ser regenerado en cada destino? ¿Los ecosistemas, las economías locales, las relaciones de confianza, la identidad cultural, la esperanza colectiva? ¿Qué condiciones hacen posible que una experiencia de viaje genere círculos virtuosos revitalizantes? ¿Qué formas de gobernanza permitirían que empresas, comunidades, instituciones y visitantes construyeran futuros compartidos? Estas preguntas exigen nuevas capacidades profesionales. Requieren integrar ecología, innovación, planificación territorial, gobernanza, diseño de experiencias y liderazgo colaborativo.
Con ese propósito, la Facultad de Ciencias de la Vida de la Universidad Andrés Bello ha creado el Diplomado en Innovación y Regeneración en Turismo, que comenzará en julio de 2026 en modalidad online. El programa, pionero en su ámbito, reúne a docentes y profesionales de Chile, Argentina, Brasil, España, Finlandia, Italia y Serbia que han trabajado en destinos, organizaciones, universidades y procesos de transformación territorial en distintos contextos.
Más que formar especialistas en una técnica particular, el diplomado busca formar personas capaces de comprender l
a complejidad de los territorios y de acompañar procesos reales de transformación del turismo, ya sea desde la gestión de destinos, el emprendimiento, la academia, el sector público o el liderazgo comunitario.
Más información: postgrado.unab.cl/programas/diplomado-en-innovacion-y-regeneracion-turistica
